Alrededor de 1800 los juegos de Lotto educacionales se volvieron populares. Un juego de lotto alemán de 1850 fue diseñado para enseñar a los niños las tablas de multiplicar. Habían otros juegos de lotto educacionales tales como Lotto escritura, Lotto de animales y Lotto de historia.
Un vendedor de juguetes de Nueva York llamado Edwin S. Lowe tenía serios problemas financieros. El año anterior, con dos empleados y un capital de 1000 dólares Lowe había abierto su propia compañía de juguetes. Poco después se produjo el crac de la bolsa y el futuro de su empresa se veía negro. Lowe buscaba desesperadamente algo que pudiera rescatar su negocio de la bancarrota.
Una noche de diciembre de 1929, decidió conducir hasta Jacksonville, Georgia.
A unas pocas millas de Jacksonville, Lowe se encontró al costado del camino con las luces de un carnaval campestre. Todos los juegos del carnaval estaban cerrados menos uno, que estaba lleno de gente.
Lowe intentó jugar pero no logró conseguir un asiento. Pero al mirar alrededor suyo notó que los jugadores estaban muy concentrados en el juego. El dueño intentaba cerrar la carpa, pero cada vez que decía "esta es la última", nadie se movía, lo que llamó su atención por la gran adicción que generaba el juego.
Luego de cerrar, el dueño de la carpa le contó a Lowe que el juego fue copiado de otro llamado Lotto cuando viajó con un carnaval por Alemania el año anterior. Su primer pensamiento era que sería un buen juego de carpas o de carnaval. Le hizo algunos cambios al juego, y le cambió el nombre.
Las tarjetas se dividían en tres filas y nueve columnas. Cada fila contenía un total de nueve casillas (cinco números y cuatro casillas en blanco, distribuidas azarosamente en la fila. Las columnas contenían 10 números cada una; la columna uno contenía los números 1 al 10, la columna dos del 11 al 20, la columna tres del 21 al 30 y así hasta la novena columna que contenía los números 81 al 90. Las fichas de madera con los números del 1 al 90 se colocaban en una bolsa y eran extraídas de a una a la vez. Cada jugador tenía una tarjeta única y si el número sorteado estaba en su tarjeta ellos lo marcaban. La primera persona en cubrir una fila horizontal era el ganador. El ganador debía gritar entonces beano (del inglés bean, “haba”, con las que se señalaban los números acertados), y recibía una muñeca como premio.
Fue recién a las 3 de la mañana que terminó el juego, y encima hubo que echar gente que se negaba a irse.
Lowe se dio cuenta inmediatamente del potencial del juego. Para probarlo en la práctica, invitó a unos amigos y organizó una sesión del juego en su casa. Una mujer en particular estaba cada vez más entusiasmada a medida que las habas llenaban su tarjeta. Cuando finalmente completó una línea, en su apuro por gritar beano, se le trabó la lengua y gritó "¡b-b- bingo!"
La primera versión del juego de bingo de Lowe vino en dos variedades: un set de 12 tarjetas que costaba un dólar y uno de 24 tarjetas que costaba dos dólares. Aunque el nombre bingo fue registrado, no se pudo evitar que se volviera de dominio público y no hubo manera de que fuera protegido. Una vez que el éxito del juego de Lowe fue evidente, empezaron a aparecer los imitadores. La única exigencia que ponía Lowe a sus competidores era que le pagaran un dólar al año por llamar bingo a sus juegos. Así fue que se volvió el nombre genérico para el juego.
Más adelante Lowe se topó con el problema de que las tarjetas para jugar al juego eran insuficientes, y se conectó con el matemático Carl Leffler para encargarle a este la creación de 6000 nuevas tarjetas de bingo. Leffler realizó la tarea, y cuenta la leyenda popular que después de hacerlo tuvo una serie de desórdenes psiquiátricos.
El juego comenzó a popularizarse en todos los Estados Unidos. Se jugaba hasta en las iglesias, como medio para incrementar la recaudación de fondos para las mismas. Esto quizás tenga relación con el hecho de que, al contrario que otros juegos de azar el bingo siempre haya conservado una imagen de juego familiar.





